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Una lengua, un estado – Tomás Perales Benito

 

Una lengua, un estado

TOMÁS PERALES BENITO

(escritor)


        Es posible que estas páginas no sean el escenario más adecuado, pero no tengo otras para decir que toda lengua debe llevar emparejado un hogar soberano, el que llamamos nación. Si tuviésemos memoria recordaríamos que el pasaje bíblico de Babel habla de fracasó, el mismo que planea sobre cualquier ambiente actual obligado a que convivan a dos lenguas. ¿Es ésta una manifestación de que nuestro desarrollo humano se encuentra sobrevalorado a cuenta de los logros (de unos pocos seres elegidos) en la ciencia y la técnica; que necesitamos más tiempo para ser lo que creemos que somos? No importa el motivo; los hechos delatan hoy que sólo somos capaces de vivir en armonía cuando existe diversidad si los hitos están bien anclados en su sitio, en el lado de cada uno.

        La lengua es algo más que un medio de comunicación con nuestros semejantes: es un sello indeleble de identidad. Hablar tu lengua es pisar tu cuna, recordar los olores y colores de tu tierra, traer a la mente los cimientos sobre los que se apoya tu vida, aquellos que se fraguaron en la inconsciencia de la niñez y la primera adolescencia. Puedes hablar una lengua prestada, pero al retornar al nido echas mano de la tuya, de sus palabras, sus tonos, sus intenciones, los gestos que la acompañan. 

        No se puede mantener bajo un lazo a dos lenguas; no hay naciones desarrolladas exentas de conflictos en las que se hable más de una. Desarrollo entendido en términos económicos, con el sustento asegurado, la situación que da lugar a que sus gentes puedan dedicarse a la llamada liberación de su identidad, cercenada, esgrimen algunos, mediante los grilletes asidos a sus tobillos por el hablante de mayor peso político. Europa tiene un buen repertorio de ejemplos de las cadenas lingüísticas que se han roto, y de las que aún se libran batallas por romper. Sin advertirlo en su momento, las naciones que se formaron en el pasado por la fuerza de los ejércitos con diversidades culturales tenían asegurada la confrontación. Libres por expulsión de los colonos de la Europa Occidental, tan conquistadora, y de los invasores dogmáticos de la extinta Unión Soviética, los territorios se apresuraron a recuperar sus raíces. En el otro extremo del Atlántico, la unidad nacional del hermoso Canadá tiembla en cada consulta electoral a sus integrantes: francófonos y anglófonos. Otros países tienen los mismos problemas.

        En su colosal ensayo ‘España invertebrada’, José Ortega y Gasset se pregunta por qué hay en España separatismo y nacionalismo, para responder a renglón seguido, con su habitual contundencia, que el particularismo -el problema diferencial, en palabras de hoy- tiene siglos de existencia a consecuencia de los planes imperialistas de Castilla, y advierte: “Este fenómeno político y social no debe ser interpretado como tumores inesperados y casuales sino como la manifestación de una realidad”. Casi un siglo después, en pleno desarrollo democrático, seguimos considerando el denunciado quebranto de los hablantes de las llamadas lenguas periféricas un catarro mal curado al que mantener con parches balsámicos, cuando lo que necesitamos es abrir las ventanas para poder volar en libertad y que nos inunde el aire fresco de los nuevos tiempos.

        Reconozco mi ignorancia para entender por qué no se abren sus puertas. También para asimilar lo de “la unidad nacional” aunque lo diga nuestra Constitución. Son palabras que te llevan a los tiempos negros -de los que afortunadamente salimos hace más de tres décadas- cuyos gobernantes eran tan amantes de Isabel de Castilla, la iniciadora de la integración a la fuerza de todos los pueblos que se encontraban al alcance de su ejercito.

        No soy capaz de considerar nación todos los territorios que configuran políticamente España por la simple razón de que en los de lengua diferente a la de Nebrija te sientes un autentico extranjero. Especialmente en Cataluña, si como individuos te dan la mano, lo que habla de su grandeza humana, como colectivo, al viento de sus avatares políticos, te dan la espalda, te desprecian y reniegan de tu lengua. ¿Hay razones avaladas por la cordura para que no se introduzca la llave en la cerradura y salgan del espacio común cuantos lo deseen? Si nos consultaran, la mayoría de los castellano parlantes afirmaríamos estar de acuerdo, aunque sólo fuese por el cansancio acumulado de siglos oyendo la letanía de que no nos quieren.

        En la misma obra citada, don José lanza una nueva andanada de grueso calibre al afirmar: “En España no hay hombres”, con clara referencia al escaso valor que acompañaba a la clase política de su tiempo. Hoy podría decir lo mismo. 


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