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Las llamas no paran y los desastres naturales son terribles

 

Las llamas no paran y los desastres naturales son terribles


        La cadena de incendios en los montes españoles sigue siendo alarmante, no sólo por el número, sino por la extensión que desaparece, ocurridos, en menor medida, por causas naturales, y el resto por negligencias o intencionados, donde igualmente se percibe el uso imprudente del fuego en la agricultura y pastizales, desbrozamiento ilegal de tierras, entre un largo etcétera. 

        España carece de una cultura forestal adecuada, dado que los árboles no han sido muy valorados y, ahora, nos encontramos con una población eminentemente urbana y un medio rural que ha sufrido una transformación socio-económica. Mientras, el monte ha perdido el aprovechamiento tradicional y no se ha encontrado la fórmula para que los propietarios públicos (ayuntamientos y comunidades autónomas) y privados (que ocupan entorno al setenta por ciento) actúen para poder reducir los incendios, junto a una sociedad concienciada de la problemática. Hoy, la mayor parte de los bosques están abandonados y descuidados, donde apenas se perciben cortafuegos.

        Sin duda, el factor humano y las medidas de prevención deben ser primordiales para evitar estos desastres, lo que supone planes de educación e inversión, sin olvidar que el monte tiene la alternativa del aprovechamiento de las energías renovables, como es la biomasa forestal. Además, los regidores deben propiciar leyes y eliminar burocracias para emplear políticas de auténtica protección de estos espacios, donde se castigue duramente a los pirómanos. 

        En lo que va de año, los grandes incendios españoles han arrasado por enciema de las ciento veinte mil hectáreas por los más de nueve mil incendios, afectando a una superficie como la isla de Lanzarote, lo que evidencia que se trata de una catástrofe sin parangón a la que apenas se le da la importancia, excepto los más afectados. 

        La realidad es que nunca hubo tantos medios aéreos y terrestres para la extinción de incendios, aunque a la hora de la verdad los dispositivos permanentes no suelen acudir en tiempo y forma para sofocarlos, como se ha evidenciado en Albacete o Valencia. Por ello, el debate pasa por analizar cuál es el nivel de riesgo medio de incendios, si la inversión es aceptable y qué se está haciendo en cuanto a políticas de formación y educción ambiental, donde se incida en que los incendios forestales no controlados contribuyen, además, al calentamiento global, la contaminación del aire, la desertificación y la pérdida de biodiversidad. 

        Cabe subrayar que los satélites son cada vez más una herramienta para la lucha contra incendios, ya que proporcionan información en tiempo real a los equipos encargados en su extinción, basados en un sistema de alerta temprana que proporciona datos sobre la localización del fuego y la pérdida estimada de biomasa y biodiversidad. Al mismo tiempo, las mediciones efectuadas sobre el terreno son esenciales para validar la información obtenida mediante satélite. 

        Es curioso que las administraciones públicas caigan en el mismo error, reducir en personal para prevenir estos desastres a sabiendas que después tienen que multiplicar las partidas presupuestarias para poder controlar las llamas, llevando consigo la destrucción de recursos naturales y pérdida humanas.

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