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Las ideas tienen consecuencias – Francisco Pérez Fernández – Ed. 389

Creer que las cosas sean de cierto modo, no hace que sean necesariamente así. La aceptación de una idea no implica, en modo alguno, que sea cierta. Se trata de dos asertos evidentes que, leídos en la frialdad que les otorga la letra muerta, lejos del mundanal ruido, al calor del café y en la soledad de la reflexión, no resultan difíciles de asumir. Seguramente, muchos de ustedes se habrán mostrado de acuerdo con ellos al leerlos en este preciso instante.

El problema es que no siempre vivimos lejos esa zarabanda de la vida y, desde luego, en la mayor parte de las ocasiones ni tan siquiera tenemos tiempo, medio o capacidad a nuestro alcance para tomar distancia con ella. La realidad es inmediata, nos agobia, nos implica y lo habitual es que nos impida razonar con la debida paciencia. Por eso nos confundimos. O, por mejor decir, confundimos nuestras creencias e ideologías particulares con el mismo mundo. Y por ello nos resulta a veces imposible comprender lo que nos ocurre, comprender a quienes nos rodean o simplemente entender lo que pasa, lo que nos dicen.

He conocido a poca gente lo suficientemente pausada y reflexiva como para entretenerse en decidir si lo que piensa la persona que tiene en frente –o lo que hace- pudiera tener un sentido razonable más allá de sí mismo, sus idearios, posturas, emociones y sentimientos. Lo que sí he conocido es a tanta gente atrapada en sus visiones particulares, cerradas y subjetivas de lo real como para no hacer ni el más mínimo esfuerzo en ponerse en los zapatos del otro. Al fin y al cabo, siempre es más sencillo el camino de lo seguro que exponerse a las incertidumbres de lo contingente. Bien lo he podido vivir a lo largo de mi experiencia como docente: no se puede enseñar cosa alguna a quien no quiere aprenderla, del mismo modo que jamás podrá hacerse entender cosa alguna a quien no ponga de su parte.

Vivir atrapado en los límites del yoísmo es el equivalente de atrincherarse en un castillo hermético a cualquier influencia externa. Lo saben los medios de comunicación que, perfectamente ideologizados y adaptados a las exigencias de sus partidarios, piensan antes en la satisfacción egocéntrica de sus clientes –dales lo que piden y como lo piden- que en graves, y seguramente infructuosos, intentos por sacarlos del centro de sí mismos. Y así se explica que los titulares de los periódicos sean perfectamente homologables a la ideología de sus lectores, que los noticiarios televisivos tengan el aspecto de quienes los visionan y que, en general, todos pensemos antes en alimentar conciencias que en formarlas, potenciarlas, educarlas y abrirlas.

JOSEPH GOEBBELS, MINISTRO DE ILUSTRACIÓN PÚBLICA Y PROPAGANDA DEL TERCER REICH ALEMAN ENTRE 1933 Y 1945.

Muchas son las personas que defienden ideas como la de que quien no tiene nada que ocultar, nada tiene que temer, que se sorprenden cuando les informo de que el autor de esa sentencia no fue otro que Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi. Y, aún sabiéndolo, les cuesta entender que planteamientos como ese son justamente la palanca en la que se apoya todo autoritarismo que pretende consolidar su poder por la vía de la fuerza. Tampoco son pocos los que se muestran incapaces de entender que el pensamiento único, la oposición a toda disidencia y la negación de cualquier diferencia entre las personas fueron los cimientos sobre los que se construyó el totalitarismo soviético, o sobre las que se apoyan utopías aberrantes como las de Corea del Norte. No menos son los que se muestran confusos cuando les explico que ideas tan extendidas –en todo el arco ideológico- como que el control del poder económico es el fundamento de toda forma de poder social, es la premisa básica sobre al que Karl Marx construyó buena parte de su pensamiento. O que aceptar que la tortura es un camino valido para obtener una confesión aceptable era el cimiento mismo del repugnante criterio de justicia que sustentaba la Inquisición… Por no incidir en la insólita paradoja que supone asumir como cuestión de principio la pertenencia a un país de una región sobre la que, en la práctica, todo el mundo echa pestes, a la que se exige boicotear y cuyo nombre, en muchas bocas, solo aparece antes de las más desagradables ofensas (¡). Pero la estupefacción se generaliza cuando les pongo en el conocimiento de que endurecer los castigos y ceder al Estado poder ilimitado para aplicarlos supone, precisamente, la merma y exterminación de los derechos constitucionales y humanos que tanto desean preservar.

 

La ignorancia, la cerrazón, el egocentrismo y la negación, son tan atrevidos y terribles que provocan la reiteración de las intransigencias, la aniquilación de los diálogos, el odio hacia los otros y la asunción teórica de infinidad de ideas perniciosas que se niegan en la práctica. Por eso el mundo –España- se nos llena de autoritarios que no saben que lo son, de totalitarios que desconocen su filiación, de destructores de los derechos más elementales que tratan, irónicamente, de defenderlos y de negadores de las más básicas libertades que tratan, por la misma vía, de ser libres. Un pandemonio de subjetivismos destructivos que vivimos a diario. Una vorágine de demagogia que nos rodea y nos engulle. Basta pasearse por las redes sociales, por los titulares de los periódicos, por los foros de opinión, asistir a cualquier debate de cafetería, asistir a un debate de sobremesa o ponerse a la cabecera de una manifestación para encontrarse con todo esto.

Por eso las cosas no mejoran. Por eso nada cambia. Por eso es necesario que todos razonemos, escuchemos y tratemos de comprender a alguien que no sea uno mismo. Aunque sea durante un rato.

 

Anteriormente publicado en soporte de papel en la revista PASOS, edición 389.

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