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Acto segundo. Habla Sócrates – Manuel Fernández Fontecha Rumeu – Ed.372

Filosofía a martillazos

Acto segundo. Habla Sócrates

MANUEL FERNÁNDEZ FONTECHA RUMEU
(Filósofo – Madrid)

         Abriremos este segundo acto sentando el principio que, en mi opinión, ha de definir necesariamente al filósofo. El filósofo no debe dar nada nunca por sentado ni confiar en verdades únicas e inmutables.

         El filósofo debe, desde el mismo momento en que comienza a pensar, partir de la que, nuevamente en mi opinión, es la máxima que todo pensador ha de tener grabada a fuego, y que debemos al filósofo español José Ortega y Gasset: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión”.

         Pero en el día de hoy, y a pesar de haber sentado la anterior premisa, debo partir de un hecho fuera de toda duda (al menos así lo quiero creer), y es el de que todas las personas que leen esta columna son mamíferos y, como tal, han venido al mundo cuando su madre les dio (l)a luz.

         Podréis pensar que me he vuelto loco, y no andaríais desencaminados, pero la anterior reflexión tiene una finalidad, y es la de introducir un concepto esencial para nuestra tarea: la mayéutica.

SOCRATES

         Ya os comenté cuando nos conocimos que Sócrates ocupa un lugar central en la filosofía, hasta el punto de que los filósofos anteriores se denominan presocráticos; pero lo que posiblemente no conozca la persona que ahora lee esto es que la madre de Sócrates era partera.

         Esta idea, aparentemente colateral, es esencial para entender el método filosófico instaurado por Sócrates, y que en definitiva daría inicio a la filosofía occidental tal y como hoy la conocemos, ya que precisamente el método socrático parte de este concepto de “alumbramiento” (la mayéutica); dejadme que os explique.

         Sócrates no escribió ni una sola línea, de manera que sus ideas las conocemos a través de diferentes textos, en ocasiones contradictorios, y que se dividen entre quienes trataron de ridiculizarle (principalmente Aristófanes en su obra “Las nubes”), y quienes le ensalzaron de tal manera que en ocasiones es difícil distinguir el Sócrates real del Sócrates idealizado (principalmente Jenofonte y, por encima de todos, Platón).

         No obstante lo anterior, existen algunos elementos que sí parece que podemos tomar por ciertos: Sócrates nació en Atenas, hijo de un escultor y de una matrona, y al parecer era físicamente muy poco agraciado.

         En cuanto a su método de enseñanza sabemos que nunca estableció una escuela propia, como sí harían muchos de sus sucesores, sino que enseñaba por las calles de la ciudad y en las casas particulares a todo aquél que quisiera hablar con él.

         El método socrático resulta enormemente original ya que su enseñanza consistía en una conversación dirigida que, de pregunta en pregunta, iba llevando a su interlocutor hasta hacerle llegar a la conclusión que deseaba, consistiendo en esto la tan famosa dialéctica: “Dialéctico es aquél que sabe preguntar y responder”.

         El objetivo de Sócrates, quien esencialmente se limitó al terreno moral, era el de hallar conceptos y definiciones pasando de los hechos particulares a los conceptos universales, a base de los cuales formula sus definiciones. Dicho de otro modo, Sócrates trató de expresar la esencia de las cosas en un concepto universal y no particular, buscando siempre un concepto fijo e inmutable.

         Conceptos universales, fijos e inmutables como los de justicia, injusticia, valor, cobardía o virtud.

         Pero, ¿cómo llegamos a este concepto universal? Alumbrándolo a través del diálogo, extrayéndolo pregunta a pregunta seguros de que el concepto común brotará de la propia conciencia de cada persona, como si el filósofo no fuera más que una partera que poco a poco pudiese ir desvistiendo cada idea o concepto de todas sus capas hasta alcanzar el concepto universal, la idea inmutable, la realidad más profunda.

         Dado que el espacio es limitado nos reservaremos nuestra próxima cita para conocer más sobre la doctrina socrática, ya que hoy me gustaría hablaros de una última cuestión.

         Sócrates, quien se había granjeado numerosos enemigos con su método (que del mismo modo que servía para alumbrar era un hábil instrumento para ridiculizar), fue acusado de impiedad, introducción de nuevas prácticas religiosas y corrupción de la juventud, siendo condenado a morir bebiendo cicuta.

         Si bien pudo huir, no lo hizo, y en la obra “Apología de Sócrates”, escrita por Platón, encontramos precisamente el relato de su juicio, del cual me gustaría destacar una de las reflexiones finales (y con esto os prometo que termino):

         “Pero sólo os pido una cosa: que cuando mis hijos sean mayores, les importunéis y exhortéis como he hecho yo con vosotros. Y si veis que se preocupan más por las riquezas o por cualquier otra cosa antes que la virtud, o creen ser algo sin serlo, reprochádselo como he hecho yo con vosotros y decidles que olvidan lo principal y que se creen algo cuando no son nada. Si obráis así, mis hijos y yo habremos recibido de vosotros un pago justo.”

         No olvidemos que, sin la bondad y virtud de nuestros actos, ninguno de nosotros somos nada.

* Edición 372

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